- EL MUNDO, 4 de Septiembre de 2002
Carlos Boyero. Venecia
Creo que no me he reído en ningún momento siendo testigo
de las aventuras y desventuras de El caballero Don Quijote. Ya sé
que Cervantes narró historias muy divertidas en el tragicómico
retorno a los caminos de Don Quijote y Sancho Panza. Pero dudo que Manuel
Gutiérrez Aragón se haya propuesto arrancar terapéuticas
agradables carcajadas de los espectadores.
Supongo que su meta era provocarles el congojo y la piedad potenciando
el tono crepuscular de una despedida triste y sobria. Conmigo ha logrado
su propósito. O sea que comparta la desolación y el patetismo
del anciano y épico soñador y la progresiva amargura de
su terrenal escudero. Que en secuencias finales roza la cercanía
de la lágrima.
Hay un momento en el que Alonso Quijano suplica: “Que me retrate
el que quiera, pero que no me maltraten”. No estoy de acuerdo
con su mordaz permisividad y su excesiva tolerancia en cuanto a la personalidad
creativa de los artistas o de los mercaderes que quieran retratar o
explotar su insigne y legendaria figura. Gutiérrez Aragón
se ha ganado el derecho a reinventarlo para el cine y no lo maltrata
jamás. Le trata con conocimiento, respeto, mimo, comprensión,
hondura, lirismo, dureza y amor. Falta el humor. No lo hecho de menos
en esta hermosa y sentida película.
Don Quijote despierta de un sueño que sus allegados creían
eterno y vuelve a pelearse con el mundo, después de convencer
a Sancho de que la golosa Barataria está cercana y de auto convencerse
de que Dulcinea le sigue esperando. Pero ambos están muy cansados,
ha desaparecido la antigua fuerza y vitalidad para enfrentarse con sueños
de victoria a los invencibles molinos de viento.
Las burlas, los fracasos y las hostias cada vez les harán más
e irremediable daño. La maldita lucidez y el doloroso tributo
que conlleva impondrá frecuentemente su presencia. Hay una pegajosa
sensación de renuncia y encontrar el paraíso, de resignación
ante una realidad cruel, de inhóspita decadencia e irremediable
intemperie.
Gutiérrez Aragón filma y dialoga esta tragedia
con poderío visual y excelente oído, con sentimiento e
implicación. Nadie puede ni debe olvidarse de las anteriores
y asombrosas creaciones de Fernando Rey y de Alfredo Landa. Ellos eran
el Quijote y el Sancho que había imaginado siempre.
Juan Luis Galiardo y Carlos Iglesias se enfrentaron a un reto jodido.
No hay ni vencedores ni vencidos, Galiardo está magistral aportando
el reverso sombrío y desvalido de un héroe extenuado.
Iglesias es más desgarrador que socarrón, más quejumbro
que astuto. Lo hace bien. Todo desprende talento y personalidad
en la siempre arriesgada adaptación de este texto clásico,
intocable y genial.
- EL PAIS, 27 de Octubre de 2002
Ángel Fernández-Santos. Valladolid
47º FESTIVAL DE VALLADOLID
La Seminci recibe el segundo gran “Quijote” de Manuel Gutiérrez
Aragón.
La primera aportación española a esta 47ª Seminci
tiene calidades de gran acontecimiento, pues El Caballero Don
Quijote es una de las más arriesgadas y sagaces conversiones
en cine de la novela de Cervantes. Las interpretaciones de Juan Luis
Galiardo y Carlos Iglesias asombran por su pericia y precisión.
Ambos sitúan sus eminentes creaciones en la cima de un
magnífico reparto, que alcanza uno de los más ricos momentos
del cine español reciente.
Dice Gutiérrez Aragón de su segundo Quijote
que “es una película de base realista, que respeta el texto
original- con algunos elementos del de Avellaneda y otros de la primera
parte de Cervantes- de la segunda parte del libro, hasta donde puede
respetar el cine a una novela. No es una película inspirada en
los personajes sino en la complejidad del libro de Cervantes”.
Para Gutiérrez Aragón parece inevitable que “sobre
este nuevo Quijote penda de manera inevitable que “sobre este
nuevo Quijote penda de manera inevitable el que hice
para la televisión hace años con Fernando Rey. Pero en
realidad son obras muy diferentes. A veces dudo que fueran hechas por
la misma persona, porque seguramente yo tampoco soy ya el mismo”.
“El trabajo con los actores”, prosigue “Gutiérrez
Aragón”, “era básico, máxime cuando
se trataba de deshacer algunos tópicos, como que Sancho Panza
tenga que ser bajo y gordo. Yo creo que al desbarrarnos de esos tópicos
físicos estamos en el buen camino para librarnos de otros, de
tipo moral, respecto de los personajes”. La creación que
de estos personajes hacen Galiardo (Don Quijote) e Iglesias (Sancho)
es de gran aliento y está construida en una esplendorosa forma
de choque gestual, verbal y de conductas, pues al corte casi naturalista
de la forma de actuar de Carlos Iglesias, Juan Luis Galiardo opone un
empaque retórico de gran nobleza, de pura raíz romántica.
Y del encuentro, unas veces frontal y otras esquinado, entre ambos excepcionales
intérpretes saltan chispas de gracia y de inteligencia, que alcanzan
auténticas cumbres en algunas de las prodigiosas peroratas de
Don Quijote a su escudero, que son dichas y puestas en carne viva con
una emoción y una actitud asombrosa.
Lo que Galiardo- y con él, su punzante y preciso uso
de la réplica, Carlos Iglesias- alcanza en El Caballero Don Quijote
tiene el aroma de los irrepetibles.
Escena tras escena, monólogo tras monólogo, este
gran actor teje- con pleno dominio del gesto excesivo y de su contención;
con rara sutiliza, una extraordinaria pericia y en un estado de trance
prodigiosamente sostenido- una vigorosa imagen crepuscular, de tremenda
intensidad agónica y de altos vuelos trágicos, que hay
que fijar en la memoria del cine como un delicado, suave, nada aparatoso,
vendaval de instinto y de talento histriónico. Se trata
de una hazaña de la expresividad que sería inimaginable
sin el soporte colectivo de un reparto perfectamente trabado y de calidades
excepcionales, compuesto por Emma Suárez, Juan Diego
Botto, Kiti Manver, Santiago Ramos, Victor Clavijo, María Isasi,
Manuel Alexandre,. Marta Etura, Joaquín Hinojosa, Manuel Manquiña,
Paco Merino, José Luis Alcobendas y Fernando Guillén Cuervo.
Es fortísima y emocionante la sensación de solvencia
que brota de la película.
- CINEMANÍA, Noviembre 2002.Carlos F. Heredero.
La Fértil y persistente vena cervantina que recorre la filmografía
casi entera de Manuel Gutiérrez Aragón, y que alimenta
sus imágenes incluso cuando el cineasta no trabaja sobre las
aventuras del hidalgo manchego, sale de nuevo a la superficie ahora
que el director de “Habla mudita” ha conseguido encontrarse,
por fin, con lo que siempre le ha estimulado más de las hazañas
de Don Alonso Quijano; es decir con el segundo libro de El Quijote,
publicado por su autor, en su día, 10 años después
del primero. Poco más de 10 años han transcurrido, también,
desde que el cineasta realizara para TVE su particular versión
el primer libro: un tiempo de prudente reflexión que le ha permitido
entregar, esta vez, un Quijote más maduro y mucho más
personal, más complejo y más romántico, más
abierto a la teatralidad y a la fantasía de la representación.
El resultado es el retrato cálido y sabio de un Quijote otoñal,
cansado y escéptico, que debe vérselas con caballeros
fingidos y con pajes travestidos, que desciende a cuevas encantadas
y que persigue, sorprendido, a su propia leyenda. Estamos ante un Quijote
crepuscular y decididamente avellanado, que se sabe a sí mismo
materia de ficción y que es objeto de parodia en las ferias populares:
una invención propia y genial (pero genuinamente cervantina)
con la que el cineasta traduce, al mismo tiempo, la realidad histórica
de la novela (Don Quijote era ya una figura popular antes de que apareciera,
la segunda entrega de sus aventuras) y los inteligentes juegos metaficcionales
urdidos por Cervantes a propósito del Quijote apócrifo
de Avellaneda.
La encarnadura fuertemente singularizada que Juan Luis Galiardo
le presta al personaje (en una interpretación de chapeau),
la gozosa libertad narrativa con la que Gutiérrez Aragón
del monólogo al cuento de hadas, del teatro a las aventuras caballerescas
y del realismo a la magia, la intensidad lírica de algunas memorables
set pieces (el recitado genial de Juan Diego Botto), más la radicalidad
y la audacia de algunas soluciones (ese pudoroso, fulgurante desenlace)
hacen de El Caballero Don Quijote no sólo la más
original y la más importante de todas las versiones fílmicas
de la obra cervantina, sino también una soberbia emocionante
película.
- LA VANGUARDIA, 10 noviembre 2002.
Luis Bonet Mojica
“Por la libertad y la dignidad se puede aventurar la vida”,
clama un aventajado Don Quijote al que llama Juan Luis Galiardo –en
el mejor trabajo de su dilatada carrera- sabe unsuflar la dignidad del
perdedor. Hay un evidente afán de contemporaneidad en
esta maravillosa, emotiva y divertida película que aporta nuevos
rasgos sobre un personaje literario que parecía agotado.
También hayamos en la película una reflexión metafórica
sobre la fama en estos tiempos de aguda penuria intelectual. Manuel
Gutiérrez Aragón estrenó en 1991 su adaptación
televisiva de “Don Quijote”, con Fernando Rey en el papel
del hidalgo Alonso Quijano y Alfredo Landa como Sancho Panza. Once años
– y tres películas más tarde, el cineasta da otra
vuelta al personaje- y con la experiencia adquirida- filma la segunda
parte de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”,
incluyendo algunas referencias a la continuación espuria redactada
por Alonso Fernández de Avellaneda. Una prueba evidente de la
fama alcanzada por el caballero que había perdido la razón
por su contumaz lectura de novelas de caballería. Así
este don Quijote que intenta mantener la honorabilidad a pesar de su
leyenda de loco, se topa con un cómico itinerante que remeda
su figura por los pueblos y se enfrenta a él en una batalla también
perdida de antemano.
“El caballero Don Quijote” muestra al personaje en el tramo
final de su vida, cuando emprende el definitivo viaje de la locura a
la cordura, seguido por Sancho Panza (notable Carlos Iglesias, quien
se emancipa de la obligada necedad de algunos de sus trabajos televisivos),
un servidor fiel, pero que también se subleva contra él
en un momento determinado. Un Sancho que rompe frontalmente con la iconografía
existente, pues no es gordo ni bajo.
Con talento y aparente simplicidad que encubre un exquisito
y laborioso trabajo de creación, Gutiérrez Aragón
–con la complicidad de los actores, del director de fotografía
José Luis Alcaine, de Gerardo Vera a cargo del vestuario y de
Félix Murcia en la dirección artística-
soslaya cualquier acartonamiento y rehuye la falsa solemnidad surgida
del guardarropía del casposo cine de época. La
suya es una película muy viva y muy libre, que viene a demostrar
que en el cine la última palabra sobre los grandes clásicos
literarios nunca está dicha.
LA SEMINCI RECIBE EL SEGUNDO GRAN "QUIJOTE" DE MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN.
- ABC, Miércoles
31 de Julio de 2000
SOLO
ANTE EL PELIGRO.
El director MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN, único realizador
español que acude al Festival de Venecia, exhibirá, fuera
de concurso, su película "EL CABALLERO DON QUIJOTE" con Juan
Luis Galiardo y Carlos Iglesias.
- LA VANGUARDIA, Jueves 5 de Septiembre de 2002
MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN PRESENTA UN QUIJOTE "APASIONADO,
EXCESIVO Y SUBLIME".
Diez años después de rodar su primer filme el Quijote,
el director exhibió ayer en Venecia su película sobre
la segunda parte de la obra de Cervantes "EL CABALLERO DON QUIJOTE",
con un Quijote diferente; vibrante, apasionado y sentimental, rodeado
de elementos fantásticos que juegan a su favor.
- LA RAZÓN, Jueves 5 de Septiembre de 2002
"EL CABALLERO DON QUIJOTE", DE GUTIÉRREZ ARAGÓN, UNA
OBRA DE ARTE
Como "Eventi speciali" en la Mostra, "EL CABALLERO DON QUIJOTE", de
Manuel Gutiérrez Aragón. Poco se puede decir de esta bella
película; sus actores están en estado de gracia, la fotografía
de Alcaine es mágica, la escenografía..., todo en conjunto,
perfecto.